André Masson - Las Cortes de la Muerte. (Fuente de la imagen: elcajondelarte.wordpress.com)

Don Quijote como hombre contemporáneo

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Por Minerva Ganivet Hernández

En un lugar del alma, de cuyo nombre uno prefiere no acordarse, desde el inicio de la vida misma vive un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Su nombre no es otro que Don Quijote, todo un clásico. Un clásico de la literatura y un símbolo clásico del ser humano: dualidad y guerra de opuestos. Acaso la que libró siempre nuestro fiel hidalgo, ergo, nosotros mismos.

Solo con mi primera afirmación, se abstrae la idea fundamental y concluyente del texto: que ni usted, ni yo, ni todo el mundo somos otro que Don Quijote. Que Alonso Quijano sigue vivo y siempre lo estuvo, pero solo al bautizar Miguel de Cervantes a esa esencia interior nuestra, fue que lo (acaso nos) llamamos por ese nombre.

Pero la gracia del asunto está en probarlo, que usted y Alonso Quijano son uno y el mismo. Igual que usted y Sancho Panza. Igual que Don Quijote y Sancho. Le cuesta a uno imaginarse presente en pleno siglo XXI, a alguien de la España tan antigua como la que fue cuna de nuestro Quijote. Pero si en cambio lo imaginamos con las cualidades que nos evoca su epíteto, “el de la triste figura”, situarlo en el ahora nos resultaría bien fácil. Demostrémoslo, y para ello, describamos lo que encarna una “triste figura”.

Como seres humanos, nos será más fácil describirlo si lo personificamos: imaginamos a Una Triste Figura como alguien que camina encorvado, arrastrando los pies prácticamente como si tuvieran una cadena atada a ellos. La cara es larga, y profundas ojeras recogen unos ojos de mirada, si no perdida, vacía. La personalidad quizás sea lo más fácil de adivinar: la angustia existencial sería la máxima exponente de un seguido de sentimientos negativos.

Presentado de esta manera, si nos pusiéramos a contar a todas las personas que nos cruzamos cada día, sería muy fácil que la mayoría cumpliesen con los requisitos para la representación del arquetipo en la vida real. Y es que parece que la cantidad de contacto con las tecnologías y nuestra tristeza e insatisfacción, son directamente proporcionales.

Andrey Surnov – Citizens

Por mucho que Don Quijote se nos presente como alguien vitalista, su fisionomía no dejaba de ser la de “una triste figura”. Una triste figura y una figura triste, pues su cuerpo lánguido, esquelético, encorvado y viejo parecía no ser otra cosa que la somatización, la representación de esa enfermedad interna de las entrañas: el fracaso, que estaba detrás de sus tristezas y era combustible de sus alegrías. El fracaso de Alonso Quijano por ser comprendido, por ser caballero, por ser amado por Dulcinea. En definitiva, el fracaso de Alonso Quijano por ser.

¿Y qué otra cosa nos hace a nosotros ser “El de la triste figura”, si no el fracaso del ser? No poseemos el físico, la fama, la riqueza de esos modelos que gobiernan el mundo de las tecnologías. Un mundo en el que poca cabida tiene el diferente. El que se etiqueta de loco si dice que no ve rascacielos si no gigantes. Un mundo en el que poca cabida, más bien ninguna, tiene el ser.

Del que ve gigantes en rascacielos, como en su día hizo Don Quijote en los molinos, nos habló bien don Miguel de Unamuno en su ensayo “Vida de Don Quijote y Sancho”:

 “¿Qué diremos de la realidad de sus visiones? Si la vida es sueño, ¿por qué hemos de obstinarnos en negar que los sueños sean vida? Y todo cuanto es vida es verdad. Lo que llamamos realidad ¿es algo más que una ilusión que nos lleva a obrar y produce obras? El efecto práctico es el único criterio valedero de la verdad”

Miguel de Unamuno – Vida de Don Quijote y Sancho

Así pues, no es demente el que tiene visiones, si no visionario, soñador. Y siendo la vida sueño, y el sueño vida, no hace más que, mediante el soñar, vivir. Siga soñando el que ve gigantes en edificios, pues. ¡Siga viviendo!

Es fácil pensar, en un mundo en el que se nos queman todos nuestros libros predilectos de caballerías, todas nuestras aspiraciones; en un mundo de fracaso, que lo que faltan son Quijotes y lo que sobran Sanchos. Me permitirá decirle, el que así piense, que está equivocado. Quijotes no faltan, todos lo somos. Lo que faltan son Sanchos: elementos, personas que acompañen a nuestro Quijote interior en todas sus batallas contra los ejércitos del fracaso; que nos empuje a soñar, a vivir diciéndonos que efectivamente, no son rascacielos si no gigantes lo que hay frente a nosotros; pues estas creencias serán lo que llevaremos protegiéndonos corazón y cabeza: nuestro yelmo de mambrino.

Necesitamos algo o alguien que nos permita ser. Necesitamos Sanchos, que no son otra cosa en el fondo que el auténtico bálsamo de Fierabrás.
Tomando como meta la victoria del ser, nuestra Dulcinea del Toboso, emprendamos el camino como seres duales, como Don Quijotes y como Sanchos, pues “por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida.”

*Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de la autora.

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